martes, octubre 03, 2006

Ni tanto que queme al santo…

En aquél entonces la cerrazón gubernamental ejercía férreo control sobre los medios de comunicación. El 2 de octubre de 1968 Jacobo Zabludovsky apareció en su como siempre oficialista noticiero nocturno. En la tarde había ocurrido la matanza de Tlaltelolco y la información minimizó el hecho. Sin embargo al otro día, enojado, el presidente Gustavo Díaz Ordaz le llamó a su oficina para reclamarle que hubiera aparecido con una corbata negra como símbolo de luto por la tragedia. Un turulato Zabludovsky sólo acató a responderle: "señor presidente yo uso corbata negra desde hace años”. A ese grado llegaba la impositiva conducta del criminal titular del Ejecutivo que planeó el mortal escarmiento atemorizante ante la inminente celebración de los Juegos Olímpicos en aquél México y que debería aparentar una paz pública ejemplar. El secretario de Gobernación era un asesino encubierto de nombre Luis Echeverría Álvarez.
Ni tanto que no lo alumbre…
Hoy, hoy, hoy; la cerrazón de los medios de comunicación ejerce férreo control sobre las decisiones gubernamentales. Si ante el problema oaxaqueño, “los formadores de opinión” claman e insisten ante el gobierno federal blandengue sobre el desalojo a sangre y fuego de quienes tienen sitiada a la ciudad de Oaxaca, éste se dará irremediablemente. La próxima toma de protesta pacífica del nuevo Presidente de la República tiene contra la pared al influenciable gobierno foxista. El secretario de Gobernación es una alma de Dios, más santurrón y persignado que cualquiera de los obispos actuales, presto a poner la otra mejilla y renunciando a dar enérgicos jalones de orejas cuando debe darlos.
En ambos casos, por desgracia se dejó crecer el problema de reclamos políticos. Tan fácil como haber cedido a los planteamientos iniciales de baja monta.
En julio de 1968 se desarrolló uno de tantos enfrentamientos entre estudiantes chilangos pertenecientes a las Vocacionales 2 y 5 del Instituto Politécnico Nacional contra los de la preparatoria particular "Isaac Ochoterena". Para disuadirlos, fueron reprimidos a macanazos y gases lacrimógenos. Una simple algarada estudiantil como la calificó Díaz Ordaz de gira por Guadalajara. Después otros estudiantes organizaron una marcha de protesta que coincidió con otra que celebraba un aniversario de la Revolución cubana y de nuevo hubo abusos policiales al disolverlas.
Todo ello propició que la unión y el movimiento estudiantil crecieran e hicieran un frente común con un pliego petitorio de flexibilidad en puntos políticos a satisfacer. A 38 años de distancia hasta nimios resultan sus osados reclamos de mayor apertura democrática con su respectiva reforma electoral, y hasta el delito de “disolución social” a derogar se espantaría actualmente con cualquier grito pejista o asomo leve de machete atenquista.
En Oaxaca, un paro magisterial de labores buscando la homologación de salarios provocó la represión del gobierno estatal y a la vez la indignación y adhesión ciudadanas dando lugar a la Asamblea Popular del Pueblo de Oaxaca (APPO) que reclama la dimisión del gobernador del estado, y que fue vista con simpatía colectiva, pero luego de plantones y cierre de vialidades por meses, se encuentra en un punto de franco rechazo social. Si la solución es la expulsión del gobernante, que en realidad, ya maniatado ni lo es ¿Por qué no la lleva a cabo la Secretaría de Gobernación? ¿Por qué las instancias respectivas no lo ponen de patitas en la calle y santo remedio? De que lo merece, lo merece éste sátrapa de la trilogía de gobernadores preciosos (el otro es Fidel Herrera de Veracruz, quién en su delirio protagónico ya se mandó hacer una estatua) que debieran incluso, estar bajo proceso judicial para retomar con el pie derecho la marcha correcta de un México que la reclama de todo corazón.

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